viernes, 1 de febrero de 2008

EL CANT DE LA PARDALA








EL CANT DE LA PARDALA




A diecisiete de Agosto del año de Gracia de mil y ochocientos once.

Yo. Josefa Bosch. Tejedora. Vecina de Morella.
A su Real Majestad.

Aunque son pocos mis años sobre la tierra, la hora de mi muerte se aproxima. Hubiera querido cantaros la gesta heroica de mis compañeros, relataros con música de fiesta la victoria final de la guerrilla contra El Francés. Siempre canté, Señor. Hasta en los días de mi encierro aquí en la torre, la voz de la Pardala levantó el eco de las montañas, llegó hasta los cortados donde los hombres se ocultan. A pesar de los golpes, de las amenazas... Canté para ser escuchada.

No sé com acabarà tot aquest joc, el gest que vós perdeu i que jo guard. Seríeu ben rebut, si l'esperança dugués el vostre alè fins als meus llavis.Els llocs on ens trobam, plens de recances, disfressen intencions i ens desseparen. Si em donau una mà, vet aquí l'altra; si pensau en un bes, vet aquí els llavis. Esper que em crideu, fa tantes nits, semblant que del meu cos anau fugint. I quan de mi tendreu esment, hauré de guardar per a mi aquest pensament. Voldria reposar dins vós, portal ombriu, i oblidar la por i el temps que ens queda. I que fos tan fort el nostre abraç que no es sabés on jo me mor,on naixeu vós...












Pero el relato debe remontarse al sitio donde la historia y el olvido de los poderosos, han marcado desde siempre el futuro de sus gentes. Esta comarca, este lugar.
Sabrá Su Majestad que cuando en el mes de Marzo del mil ochocientos ocho, llegó a Morella la noticia de que el Rey Carlos, vuestro padre, había abdicado en favor Vuestro, grande fué la proclama y el gozo de los vecinos. De fiesta eran los días ¡Y las noches!... Se encendía entonces tal iluminación extraordinaria, que pareciera el sol y no la luna quien gobernaba el cielo. El pueblo esperaba prontos cambios. La libertad tan cara de obtener, el pan y la justicia largamente soñados estaban – o eso creímos- al alcance de nuestras propias manos.
Luego, apenas transcurridos un par de meses, al llegar la noticia del heróico Dos de Mayo en Madrid, sacerdotes y frailes azuzaron el fervor popular desde sus púlpitos. Morella hervía de trabajo, de entusiasmo. Nos preparabamos, seguros de la victoria, para la guerra contra Napoleón. Todos; grandes y chicos trabajamos en la fortificación de la Plaza. Se compraron armas y comestibles y, de Valencia, se recibieron 16 cañones para la defensa. Se habilitaron como Hospitales de Sangre el Convento de san Agustín y la Casa Señorial de Feliú. Se organizaron somatenes, se cavaron trincheras en el Plá del rio... Y las gentes, enardecidas, la luz del tiempo nuevo en la mirada, me pedían que cantara. Y yo cantaba, Señor, por las altas almenas, por las calles, por las portalas anchas de los Porches.

Jo escric al vent aqueixa estrofa aladaper a què el vent la porti cel enllà, jo vull seguir-la amb ma candent mirada,plorant de no poder-la acompanyar. Entre els hiverns, quan vibri la ventada,el meu vers per l'espai ressonarà, i sobre els homes sa brunzent tonadadurà el so d'un incògnit oceà. I cantarà en la lira de les branques i de la lluna en les crineres blanques o en l'arquet de silenci de la nit. I eternament la maternal Natura l'espargirà per la infinita altura quan el meu nom, obscur, serà extingit.

Ha de saber Su majestad que un año justo duró el enardecimiento.
En Marzo; las gacetas trajeron malas nuevas a la ciudad. El rey José , aquel Pepe Botella...Es mi voluntad y quiero
Ha dicho Napoleón
sea rey de esta nación
mi hermano José Primero
Es mi voluntad y quiero
responde la España ufana,
que se vaya a cardar lana,
ese rey José Postrero
Anda salero
no durara en España
José Primero...



Contaba con algunas inteligencias en Valencia y ordenó al general Suchet, que mandaba el Ejército de Aragón, fuerte de unos 30.000 hombres, se dirigiese sobre ella, esperando que la sola presencia de sus tropas bastaría para que se entregase. El general enemigo dejó en Aragón fuerzas suficientes para oponerse y tener a raya a las divisiones españolas de Villacampa, García Navarro y Perenna, que reunirían entre todas unos 13.000 hombres, y en este día emprendió la marcha con 14.000 soldados, divididos en dos columnas: Una, a cargo del general Habert, se dirigió a Murviedro por Morella, de cuya villa y castillo queria apoderarse y la otra, mandada por el mismo Suchet, partió de Teruel, ahuyentó en Alventosa la vanguardia del ejército valenciano que se replegó sobre la capital, después de abandonar cuatro cañones al enemigo, y entró en Segorbe.
Desde Alcañiz, la columna de franceses se dirigía a Morella por los viejos caminos de la montaña. Relucían los morriones. La luz arrancaba destellos de hielo en las afiladas espadas de las bayonetas. Eran muchos... Y cuando lo supimos, todos los ricos y eclesiásticos abandonaron la población. En las casas solo quedamos los pobres. Los que no teníamos recursos para poder marchar. Los que creíamos que aún era posible la defensa... El día 21 de aquel mes, entraron en Morella los franceses.
Impusieron tributo de cien onzas de oro. Saquearon nuestros hospitales. Equiparon generosamente a su tropa... Y se marcharon.
Tales exigencias tuvimos que aportarlas los desgraciados que nos quedamos. Había una promesa; las autoridades juraron que al regresar los vecinos “pudientes” se haría el correspondiente reparto, pero lo cierto es que a su vuelta no se hizo la derrama. Los miserables aún lo fuimos más y los ricos... Habían puesto a buen recaudo sus joyas y dineros. El tesoro de la Arciprestal estaba oculto – y aún debe de estarlo- en casa de Don Antonio Gabaldá. No pudieron hallarlo los gabachos ni tampoco lo halló la gloriosa “Junta de Resistencia”, que antes de huír en cuanto barruntó el aliento del Corso en el cogote, el rabo entre las piernas, había ordenado recoger todo el oro y la plata de las Iglesias, para sufragar la “defensa de la Villa” que abandonaron vergonzosamente a su suerte. ¡Ah que buenos vasallos si hubieran buen Señor! Los morellanos pensamos entonces que “ya habíamos sufragado bastante” pero nos equivocábamos.
Fueron otras seis veces. Otras seis ocupaciones las que sufrimos. Llegaban,
arrasaban y se volvían a marchar sin que nadie pudiera oponerles resistencia. A pesar de todo, el deseo de rebelión continuaba acunando nuestras noches. El sueño de la guerra contra el invasor era la letra de todas las nanas.

No hi fa res plorar, no hi fa res morir, el desig és aquí, no s'acabarà així. No hi fa res plorar, no hi fa res morir, el desig és més fort, fa tot sol el seu camí.

Debe conocer, Señor, que los nuestros a las órdenes del General Odeneju, eran pocos y estaban mal armados, pero cuando en la primavera de 1810 los franceses ocuparon Morella de manera definitiva, Odenejú desplegó sus fuerzas por la Sierra del Aguila. Casi todos los hombres escaparon a los montes. Algunos para salvar la vida. Otros, los mas, para combatir contra el Francés.
El 24 de Junio, se libró frente al Fuerte una encarnizada batalla. Desde la muralla que guarda el Portón de Sant Miquel, impotentes veíamos caer a nuestros maridos, padres, hermanos. Caían bajo el empuje de los gabachos que apoyados por su artillería bien dispuesta en las aspilleras, habían salido a la carga en descubierta sobre aquel grupo de guerrilleros descalzos y famélicos, dejando la tierra sembrada de muertos y heridos que iban rematando a culatazos. Solo unos pocos escaparon a la matanza y regresaron a las montañas. La derrota fué total y los franceses quedaron dueños del terreno.

Un himne per no guanyar per no vèncer mai fent la guerra que malmena tota raó que ens pugui fer lluitar...Deixa'm doncs cantar aquest himne per no guanyar.Només som si vosaltres sou vida, sols tenim si podem compartir-la.Que de res no ens val la vida en la mort, la pau en la por...Deixeu-me així doncs cantar...

Poco podía ofrecerles Morella después de tanta ocupación y tan graves asedios. Nada nos quedaba. Los silos; vacios de grano. Los corrales y establos, vacíos de animales que fueron sacrificados para alimentar a las tropas francesas – a la fuerza- y a los nuestros por propia voluntad.
La lana ardió en los almacenes y el paño que antaño guardaban las arcas, también fué requisado. Los humildes telares de las tejedoras, encendieron hogueras en las cuadras de las caballerías militares. Nada teníamos. Solo hambre.
Las mujeres aguantábamos sacando fuerzas de la rabia y el dolor, que alimentaban al menos nuestros corazones. Allí fuera, en los campos baldíos por falta de manos que los cultivasen, escondidos en las molas al refugio de les casetes de volta, sin fuego que delatara su presencia, los nuestros rumiaban el regreso.
Escondida en la noche y usando algunas poternas ocultas en el muro, yo salía a encontrarme con José, con mi José, que había sido de los primeros en echarse al monte y ahora comandaba varios grupos desperdigados por las alturas de la Vallivana. Bajo las ropas llevaba todo lo que podía resultar util a los guerrilleros. Cualquier cosa servía; viejos cuchillos, oxidados ganchos de matarife, maromas y sogas... Yo lo sacaba de la ciudad para entregárselo a José, a los nuestros que de todo necesitaban. Una de aquellas noches urdimos el plan para su regreso.
La tropa francesa ocupaba las dependencias de la casa del Gobernador en el castillo y a pesar de que apostaban centinelas a cada trecho, la escasa resistencia que les había opuesto Morella y su prepotencia de vencedores, les había hecho bajar la guardia. Las borracheras eran diarias y en algunas de ellas tuve que cantar, conducida ante sus capitanes, para alegrarles la francachela.

Mi madre no quiere que vaya a la plaza, porque los soldados Me dan calabazas. No quiero pepitas, ni quiero melón, que quiero cabezas de Napoleón. ** La sucesión al trono de las Españas irá de macho en macho, dice la Carta. Si macho falta, Napoleón primero lleva la carga. ** Porque no se descubra la tremolina quiere nueva Regencia la gente indina. Tráele, Marica, tráele a Napoleón y le escabecharemos con tanto bribón. Tráelo, Marica, tráelo a Napoleón, tráelo y le pagaremos la Constitución.

Cantaba la Pardala aquellas coplas y los franchutes, que nada entendían, aplaudían y bramaban cuando reconocían en la letrilla el nombre de su Emperador... ¡ Si hubieran sabido lo que las estrofas contenían! Yo reía entre dientes y maldecía ese nombre para mis adentros. Al alba, se dormían con el sopor profundo del vino. Por eso sabía yo en que hora había de abrir la poterna para que los nuestros pudieran entrar a la ciudad y... ¡pasar a todos ellos a cuchillo! Una vez recuperada la Plaza, ni el mismisimo Suchet nos la hubiera arrebatado de nuevo, fuertes los morellanos en el castillo.
Ese era el plan y así se llevó a cabo... Mas no contábamos con la traición. Algunos vecinos “afrancesados” vendidos al enemigo por un salario miserable y con la promesa francesa de respetar sus vidas y sus escasas haciendas, tenian conocimiento de lo que nos proponíamos y se lo habían contado a los ocupantes.
Un par de meses antes, apareció clavada en los muros y portalones la siguiente orden:
"Orden del Sr.Corregidor Mariano Domínguez como Comisario General de Policía. Mando formar una compañía de 100 mozos de 18 a 40 años de edad, nombrando por Capitán al Barón de Andilla oficial español, graduado de tal, con el uniforme de chaqueta y calzón azul, chaleco blanco, cuello, vuelta y vivo encarnado, botón dorado, con destino a la persecución de las bandas de insurgentes que se están aumentando notablemente".
Cuatro de sus miembros, nombrados ya como "gendarmes españoles", acompañaron, a modo de guías a dos compañías del 114 regimiento de línea que con el Jefe de Batallón Douarch marcharon de Zaragoza a Codo y luego a Belchite, desbaratando con una sola carga a unos 300 españoles allí reunidos, causándoles 80 bajas y apoderándose de "sus mulas, bagajes, de 120 fusiles ingleses y de 100 puñales". En este choque y según el parte publicado, los cuatro Gendarmes "que iban en vanguardia de la tropa francesa, han manifestado durante toda la acción el mayor denuedo". Ese mismo mes salió el Barón, con al menos la mitad de sus hombres, acompañando a Suchet en su campaña contra Lérida, y tras la batalla de Margalef el 23 de Abril, fueron los encargados de guiar a la columna de presos procedentes de dicha acción, hasta Zaragoza; ocurriendo lo mismo al mes siguiente con los procedentes de la toma de Lérida.
Uno de aquellos gendarmes había sido destinado a Morella donde su familia regentaba una antigua taberna en la Costa de Sant Joan. El fué quien alertó al enemigo. El, quien prendió la primera antorcha cuando llegamos a la Plaça de Sant Francesc, donde nos esperaban apostados en las bocacalles. La emboscada dió rápido resultado. Sorprendidos por lo inesperado del ataque cuando confiábamos en hallar libre el camino al castillo, ni siquiera pudimos ofrecer resistencia. La escaramuza fué breve y todos los que no cayeron bajo el fuego de la fusilería, fueron hechos prisioneros y ajusticiados a la mañana siguiente. También José.
Solamente yo quedé para contarlo, mi Rey y Señor. Solo yo, encerrada durante siete meses en esta torre, tan pequeña que no sé en que rinconcito acurrucarme para no sentir el frío que me muerde los huesos.
A veces quisiera poder cerrar estas ventanas de piedra y sin postigos. Quisiera que el viento no soplara a su través, que los copos de la cellisca no me buscaran de noche, como los dedos de un amante viejo y helado, que no encontraran mis pobres pies descalzos, mi piel azul bajo los jirones del vestido.
No debería sentir, no debería.
Cuando ellos llegan, borrachos, gritando en su jerigonza incomprensible. Cuando empujan esta puerta claveteada y me tiran al suelo. Cuando ríen mientras me abren las piernas; ya no hay dolor. Es como si estuviera hecha de corcho, de madera. Solo el frío me recuerda que sigo viva, que ellos esperan fuera y no consentirán que esas ventanas puedan brindarme el viaje salvador del aire, el pasaporte para encontrar al fin el descanso, las rocas que esperan abajo.
¡Cuantas veces lo he intentado! Pero las cadenas que me atan a esta pared de piedra son cortas. Apenas puedo acercarme a los alféizares para dejar volar mis ojos sobre las montañas, sobre los barrancos, sobre el horizonte azul del cielo de esta tierra que es la mía. No me dejarán, porque son ellos quienes decidirán la hora y el modo de mi muerte. Porque nadie, mucho menos yo misma, les privará de ese placer, de esa lección que pretenden hacer servir como cruel ejemplo a mis camaradas.
La soga que ceñirá mi cuello espera, tendida y preparada en las Puertas del Convento. Solo anhelo que el cerrojo de esta cárcel rechine de nuevo, para anunciar la llegada de mis verdugos. Pero esta vez... Esta vez, Josefa Bosch La Pardala, saldrá de su encierro con la cabeza alta. Esta vez, el pájaro cantará como nunca. Hará honor al buen nombre que llevo a gala desde bien pequeña, desde que algún vecino tuvo a bien rebautizarme al escuchar la música feliz de mi voz, resonando contra la muralla.
Esta vez Mi Señor Don Fernando; cantará alto “La Pardala”.


Josefa Bosch, “La Pardala” fué ahorcada por el ejército francés la tarde del 17 de Agosto de 1811, entre las Puertas del Convent de sant Francesc de Morella, permaneciendo expuesto su cadaver para público escarmiento durante tres días.
Al amanecer del cuarto día, el cuerpo de Josefa había desaparecido del patíbulo en que se ajustició a la tejedora. En su lugar, el ejercito de Napoleón encontró pendiendo de la soga, el cadaver de una golondrina.





Texto.- Montse Arribas.

Poemas y Canciones:
María del Mar Bonet.
Gabriel Alomar
Lluis Llach
Coplas populares del siglo XIX.

2 comentarios:

Marian dijo...

xaxaaaaaaaaaaaaaaaaaaa blog agregado a favoritos.
Deja de pegarte con la config que asi ta bien, ya iras explorando y cuando aprendas m´enseñas juas!

salut

El Jere dijo...

Te ha faltado incluir la
" Oda al Dos de Mayo " Pardaleta... Besitos